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CREENCIAS, PERCEPCIÓN Y DECISIONES: HACIA EL SUFRIMIENTO O LA FELICIDAD

Todos los humanos experimentamos a lo largo del tiempo una lucha entre lo que sentimos y lo que quisiéramos sentir, entre lo que hacemos y lo que quisiéramos hacer. Pronto nos damos cuenta de que no somos dueños de nuestras emociones y, a menudo, de nuestros actos. En la adolescencia nos vemos metidos en una montaña rusa emocional y muchas veces como adultos se activa nuestra parte más inmadura. A veces nos gustaría estar alegres cuando sentimos tristeza y parece que no podemos salir de ahí. Quisiéramos vivir nuestras relaciones en paz mientras las vivimos con rencor, sintiéndonos heridos por lo que los demás han hecho o han dicho, por lo que han callado o han dejado de hacer. Tampoco somos dueños de las reacciones fisiológicas que acompañan a las emociones, como el nudo en la garganta, la taquicardia o el dolor de tripa que acompañan a la emoción. Todo humano se da cuenta, tarde o temprano, que no es dueño de sus emociones ni de las reacciones corporales que las acompañan. Tampoco controla todos sus actos y palabras.

Cuando alguien se encuentra deprimido le decimos “levanta ese ánimo, sonríe y verás cómo todo va bien”. Cuando alguien se obsesiona con una idea le aconsejamos “no te preocupes, deja de darle vueltas”. Sin embargo, todos sabemos que no es tan fácil cambiar a la fuerza una emoción. Tampoco es fácil cambiar una conducta que hace sufrir a uno mismo o a otros. Una parte de nuestra mente desea seguir con el hábito mientras que la otra quiere escapar del círculo vicioso. Eso significa lucha con uno mismo y esa lucha nos mantiene atrapados ahí. Cambiar a la fuerza la conducta supone, en el mejor de los casos, un avance pasajero y, en el peor, un vivir triste o enfadado al no poder hacer lo que una parte de la mente desea hacer.

La única manera de dejar atrás un comportamiento que nos hace daño consiste en erradicar la causa que lo genera que es la falsa creencia de que esa conducta nos da algo que realmente deseamos. Dejar atrás adicciones a fumar, a beber, a comer, al sexo o a la televisión requiere esa actitud. Lo mismo sucede con la adicción más generalizada: necesitar a determinada persona para ser feliz. Resulta fácil cuando nos damos cuenta de que no necesitamos elementos externos para experimentar felicidad. Pero no resulta fácil llegar a esa experiencia de no necesidad. El camino es progresivo. Cuando vamos cambiando de mentalidad con respecto a algo, cambia nuestra manera de verlo y nos damos cuenta de que necesitarlo era una ilusión, un espejismo nada más. Al cambiar la causa que está en los pensamientos que alimentan una creencia, cambia la percepción y al cambiar ésta, cambian las conductas de modo natural. Se trata de ir al nivel de la causa en lugar del efecto pues el problema está ahí.

Lo mismo sucede con nuestras emociones. Sólo hay una manera real de cambiar una emoción y la reacción fisiológica que la acompaña: cambiar la causa de la que proceden que es la misma que nos lleva a pronunciar palabras dañinas o a mantener silencios hirientes. La misma que desgraciadamente nos conduce a cosas que hacemos mal o dejamos de hacer bien. Esa causa está siempre en el sistema de creencias o pensamientos conscientes e inconscientes. Es en ese nivel donde tiene sentido actuar. Cambiar una emoción a la fuerza es como querer combatir la fiebre y la tos como único tratamiento para una neumonía. Luchando contra los síntomas o efectos no conseguiremos erradicar la causa que, en este caso, se trata del agente infeccioso, que es causa secundaria de una causa primera: un terreno abonado para el germen, un organismo debilitado predispuesto a la infección.

Las emociones son, como las conductas, síntomas o efectos que no aparecen porque sí. Son el resultado de pensamientos y sentimientos de los que podemos ser conscientes o no. Tal vez nos levantamos de la cama por la mañana y al cabo de un rato nos damos cuenta de que nos sentimos mal. Detectamos alguna emoción negativa: tristeza, enfado, apatía… Parece que la emoción se ha instalado ahí por sí misma. Sin embargo, siempre hay algún pensamiento asociado a un sentimiento, que es la causa del estado emocional. Tal vez hemos soñado en la noche algo desagradable o tal vez al despertar se nos ha cruzado algún pensamiento negativo, imágenes mentales a las que hemos dado credibilidad y han ido creciendo como una bola de nieve ladera abajo hasta explosionar en un estado de malestar.

Nuestras emociones, reacciones corporales y comportamiento dependen de la percepción. Todas ellas responden a la manera en que percibimos el mundo con sus acontecimientos y cómo nos percibimos a nosotros mismos. Si me siento atacado por las palabras de alguien, por mucho que trate de controlar mi comportamiento me sentiré embargado en un caos de emociones negativas que oscilarán entre la tristeza y la ira. Solo cuando dejo de percibir el ataque vuelve la tranquilidad. Controlar las emociones con estrategias físicas (respiración, yoga, catarsis bioenergética…) sólo supondrá una ayuda si luego vamos a la causa, de lo contrario será una simple tapadera, una reducción del volumen de una canción desagradable que seguirá sonando en el interior. Si en mi universo interior de pensamientos y sentimientos me siento atacado, me sentiré mal, sea real o no el ataque, y desde esa percepción me defenderé o atacaré. Esto me llevará a sentirme peor aunque abrigue la creencia de que el sufrimiento de mi atacante me aliviará. Mientras mi percepción sea la de haber sido atacado, mis emociones negativas seguirán ahí y mi comportamiento podrá ser más o menos reprimido o atrevido pero el deseo de hacer o dejar de hacer, el deseo de hablar o callar seguirá presente.

La única manera de erradicar de un plumazo las emociones, reacciones corporales y conducta compulsiva será cambiando mi percepción, cambiando la manera de ver las cosas. Pero, como ahora veremos, la percepción es, a su vez, un efecto más, la simple consecuencia de una interpretación de los acontecimientos, una manera de ver las cosas. Y una interpretación es algo que se ha elegido, algo que depende de una decisión. Las decisiones pueden ser conscientes o inconscientes pero no dejan de ser libres decisiones. Puedo ser consciente o no de que he tomado una decisión y aunque parecen haber muchas posibilidades entre las que elegir, en realidad solo hay dos maneras básicas de ver las cosas: con la mirada unificada del amor o la del miedo separador. Solo hay dos ópticas para interpretar lo que pasa en el mundo, en otra persona o en uno mismo.

La percepción no es lo que parece. La consideramos un proceso pasivo mediante el cual recibimos una serie de datos acerca de una realidad objetiva. Pensamos que percibimos la realidad, como una cámara fotográfica refleja los objetos. Sin embargo, la neurociencia y la psicología nos dicen que la percepción no es solo un proceso mediante el cual recibimos una serie de inputs sensoriales del exterior. Se trata de un proceso activo y creativo mediante el cual la mente selecciona e interpreta esa información. La percepción de cada mente individual está cargada de subjetivismo. Una misma situación puede percibirse de muy diferentes formas por diferentes personas o por la misma persona en diferentes situaciones. Y el hecho de interpretar entraña una decisión pues hay más de una interpretación, la cual depende siempre del sistema de creencias personales que son esos pensamientos de los que no somos conscientes la mayor parte del tiempo pero desde los que estamos decidiendo una y otra vez.  

La clave es cambiar de mentalidad pues ésta es la causa de todo nuestro comportamiento y emociones que giran en torno al odio-miedo. Cambiando de mentalidad, cambia naturalmente la conducta. De este modo, no es necesario embarcarse en una lucha contra nosotros mismos en la que siempre acabamos perdiendo. Si quiero abandonar una conducta que me hace sufrir, como puede ser la dependencia de una cosa o de una persona, la mejor manera es cambiar la manera de verlos y la manera de verme a mí mismo. Sólo dándome cuenta de que esa necesidad es ilusoria podré deshacerme de la dependencia sin juzgarme a mí mismo. Solo con los ojos del amor puedo solucionar un conflicto basado en la culpa, basado en un juicio contra mí o contra cualquiera.

Solo hay dos grandes interpretaciones que nos llevan a dos mundos de percepción. La más frecuente en la mente humana es la nociva. Aunque a veces no lo parece, siempre conlleva alguna forma de malestar. Es la visión que se ha dado en llamar el sistema del ego, una manera de manejar los datos psíquicos en la que se selecciona lo negativo de una situación o relación mientras se pasan por alto los aspectos que generan bienestar. El sistema del ego mantiene en su memoria lo que le interesa con el propósito de bloquear el sistema natural de la mente: la unidad del amor.

Existen pensamientos verdaderos o coherentes con la realidad y falsos pensamientos o creencias erróneas que nos repetimos a nosotros mismos para tratar de hacer real esa creencia. Resulta esencial poder identificar esas creencias del sistema del ego pues de lo contrario no podremos elegir la verdad. Si creemos que nuestras creencias son la verdad, nos quedaremos con ellas y no buscaremos ni encontraremos la verdad que parecerá una mentira comparada con nuestras creencias. Por eso es fundamental revisarlas. Dicho de otra manera: la clave está en mirar el ego con su sistema errado de pensamientos, sentimientos y emociones. Si no se reconoce al ego como lo que es, no podemos reconocer el Ser que somos, nuestra verdadera identidad. Si no reconocemos la mentira como mentira, no nos abriremos a la verdad pues ¡ya creemos poseerla! En nuestro universo psíquico interior vagan pensamientos hermosos que nos llenan de vida y alegría pero también pensamientos oscuros a los que somos adictos. Todos ellos están ahí disponibles para alimentarnos. A partir de ahí es posible sentir, hacer, hablar o callar desde la unidad del amor o desde la separación del odio-miedo.

Resumiendo, las conductas, emociones y reacciones fisiológicas son efectos que dependen de una causa: la percepción. Reaccionamos desde lo que percibimos. La percepción no es lo que parece pues no consiste en un proceso pasivo sino activo y creativo, una interpretación que depende de una serie de decisiones inconscientes que estamos tomando a cada instante. Estas decisiones vienen determinadas por el sistema de creencias de cada mente. Nuestra mente opera con un doble sistema: el ego y el Ser. El sistema del ego siempre genera alguna forma de malestar mientras que el sistema del Ser es el natural en nuestra mente y genera bienestar. El ego es una especie de programa, de virus informático que bloquea nuestro sistema natural que opera desde el amor-unidad. De nosotros depende cuál elegimos. De esa elección depende el sufrimiento o la felicidad.