Publicado el Deja un comentario

Miguel de Molinos y UCDM: TRATANDO CON AMOR EL PROPIO ERROR, UNA CLAVE BÁSICA PARA EL APRENDIZAJE

http://1.bp.blogspot.com/_NDWs15pQJ7o/SmXtyZOkCmI/AAAAAAAAAjo/Fo9BpR1m-AY/s1600/Miguel_de_Molinos.jpg

Resulta interesante comprobar cómo algunos de los pensamientos profundos que expone UCDM han sido intuidos y practicados por algunas mentes lúcidas a lo largo de la historia. Miguel de Molinos (1628-1696) es una de ellas y está considerado como el último de los grandes místicos españoles. Sus consejos para quienes transitan por el camino espiritual estaban claramente en oposición con el pensamiento espiritual dominante de su época. Antes de exponer algunos fragmentos de sus escritos, hablemos un poco del contexto histórico en el que vivió para poder sacar todo el jugo de su enseñanza a la luz de UCDM.

quienes transitan por el camino espiritual estaban claramente en oposición con el pensamiento espiritual dominante de su época. Antes de exponer algunos fragmentos de sus escritos, hablemos un poco del contexto histórico en el que vivió para poder sacar todo el jugo de su enseñanza a la luz de UCDM.

http://latertuliadelparador.files.wordpress.com/2011/05/molinos.jpg

Miguel nació en Muniesa (Teruel) y a los 18 años se estableció en Valencia donde estudió teología y se ordenó sacerdote. Aunque históricamente es alguien semidesconocido, dio lugar a una corriente mística llamada quietismo que tuvo honda influencia en Europa. Su obra fue traducida al latín, francés, inglés, holandés, italiano y alemán. Sus enseñanzas espirituales se salían de la ortodoxia establecida destilando un perfume de amor y libertad que finalmente desató reacciones en la Curia Romana. Según los expertos (Miguel de Molinos. Guía espiritual. José Ángel Valente. Alianza Ed.) hay tres elementos centrales en su teología mística que coinciden con los de San Juan de la Cruz: el primado de la contemplación, la cesación de los medios y la doctrina de la nada.

El subtítulo de su Guía espiritual habla de los objetivos: “Que desembaraza al alma y la conduce por el interior camino para alcanzar la perfecta contemplación y el rico tesoro de la interior paz”. En ella expone cómo lograr el objetivo que es el amor de Dios, para el cual el alma no ha de hacer nada, permaneciendo aligerada de toda preocupación, en quietud. Dios hace todo lo demás. Esta actitud genera un vacío, una nada, que es el camino para llegar a Dios. Se trata de un enfoque muy cercano al budismo con su búsqueda del nirvana. Un punto de vista que también podemos ver en UCDM cuando enseña que hay una parte activa del trabajo que tenemos que realizar nosotros: darnos cuenta de los pensamientos que alimentamos y decidir si queremos percibir desde el sistema del ego o desde nuestro Ser, cuyo representante es el Espíritu Santo. Nuestra función es elegir; el resto no depende de nosotros y, de hecho, precisamente depende de que no hagamos nada. Veamos algunos fragmentos sobre este tema:

“Concentra tu mente sólo en esto: No estoy solo, y no quiero imponer el pasado a mi Invitado. Lo invité y Él está aquí. No tengo que hacer nada, excepto no interferir.” (T-16.I.3:12)

“El instante santo es el resultado de tu decisión de ser santo. Es la respuesta. Desearlo y estar dispuesto a que llegue precede su llegada. Preparas tu mente para él en la medida en que reconoces que lo deseas por encima de todas las cosas. No es necesario que hagas nada más; de hecho, es necesario que comprendas que no puedes hacer nada más.” (T-18.IV.1:5)

“Cuando la paz llega por fin a los que luchan contra la tentación y batallan para no sucumbir al pecado; cuando la luz llega por fin a la mente que se ha dedicado a la contemplación; o cuando finalmente alguien alcanza la meta, ese momento siempre viene acompañado de este feliz descubrimiento: “No tengo que hacer nada”. (T-18.VII.5:7)

Tanto el quietismo como otras corrientes espirituales renovadoras cristianas inciden en la importancia de la espiritualidad como experiencia frente al abuso del intelecto especulativo de la escolástica. Todas las corrientes místicas de las distintas religiones y corrientes espirituales de la tierra convergen en este punto: Si no se vive la experiencia de amor espiritual no es posible avanzar en el camino; por mucho que se lean y memoricen los textos más profundos. Muchas mentes lúcidas de la historia han sido censuradas debido al amor que aportaban sus enseñanzas, un amor que aún no era aceptado por la mayor parte de una humanidad instalada en el egoísmo manipulador, el odio y el miedo.

http://www.libreriasbeta.com/foto/muestraPortada.php?id=9788497617307

Miguel se convirtió en escritor y predicador brillante teniendo numerosos seguidores entre los que se encontraban personalidades influyentes. Desarrolló una amistad con el papa Inocencio XI e incluso se carteaba con la Reina Cristina de Suecia. A pesar de todo esto, fue denunciado por el cardenal D’Estrées quien anteriormente había sido su amigo. Fue torturado y condenado pasando los últimos once años de su vida en las cárceles de la Inquisición donde finalmente murió. Atravesó la adversidad, probablemente, en ese estado que él mismo denominaba de “alumbrada simplificación en Dios”. El papa Inocencio XI, el mismo que anteriormente fue su amigo, ratificó la sentencia.  La Inquisición le acusó de escribir obras “heréticas, sospechosas, erróneas, escandalosas, blasfemas, ofensivas a los piadosos oídos, temerarias, rebajadoras de la disciplina cristiana, subversivas y sediciosas”.

Hoy podemos ver su condena con lejana perspectiva pero no olvidemos que el ego que castigaba al amor hace cuatro o veinte siglos es el mismo que nos castiga todos los días a cada uno de nosotros, en nuestras mentes, cada vez que contravenimos sus órdenes. Hay una Santa Inquisición que vive dentro de todo humano: esa voz interior que culpabiliza. Es la misma que alimentó el ataque contra el cultivo de la inocencia que enseñaba Miguel de Molinos. Pretende mantenernos encerrados en una cárcel de enfado, dolor y tristeza. Pero esa es una decisión que depende de nosotros. Somos libres aunque demasiado a menudo elegimos la cárcel sin darnos cuenta.

Veamos ahora una de las cosas más “subversivas”, “temerarias” y, sobre todo, “rebajadoras de la disciplina cristiana” que Miguel escribe:

“Cómo se ha de portar el alma en los defectos que cometiere para no inquietarse y para sacar fruto de ellos

Si cuando caes en el defecto o negligencia te inquietas o alteras, es señal manifiesta que reina todavía en tu alma la soberbia secreta. ¿Pensabas que ya no habías de caer en defectos y flaquezas?

… Te persuadirá el enemigo común, luego que cayeres en algún defecto, que no vas bien fundado en el espiritual camino, que vas errando, que no te enmendaste de veras, que no hiciste bien la confesión general, que no tuviste el verdadero dolor y que así estás fuera de Dios y en su desgracia… Te representará que empleas en vano el tiempo, que no haces nada, que tu oración es infructuosa… que la oración y comunión sin mortificación es una pura vanidad. Con esto te hará desconfiar de la divina gracia, representándote tu miseria y haciéndola gigante, dándote a entender que cada día se empeora tu alma, en lugar de aprovecharse, pues se ve con tan repetidas caídas.

¡Oh alma bendita, abre los ojos y no te dejes llevar de los engañosos y dorados silbos de Satanás, que procura tu ruina y cobardía con esas razones falsas y aparentes! Cercena esos discursos y consideraciones, y cierra la puerta a todos esos vanos pensamientos y diabólicas sugestiones. Depón esos vanos temores y ahuyenta la cobardía, conociendo tu miseria y confiando en la divina misericordia. Y si mañana volvieres a caer, como hoy, vuelve más y más a confiar en aquella suprema y más que infinita bondad, tan pronta a olvidarse de nuestros defectos y a recibirnos en sus brazos como amorosos hijos.

Guía Espiritual. Capítulo XVII, 124-128. (La negrita es mía)

No es extraño que le odiaran pues estaba poniendo en boca del ego (el “demonio” o “enemigo común”) los consejos que la ortodoxia católica dictaba acerca de cómo tratar con los defectos. Se fomentaba la culpabilidad convirtiéndola en un mérito. Era conveniente castigarse con medios físicos y psíquicos por ser pecador malvado. Sentirse inocente y amado por Dios en este contexto suponía un grave pecado. El planteamiento de Miguel era radicalmente opuesto; veía la culpa y el miedo como parte del sistema del sistema separador que se interpone entre la mente y el amor divino.  

Como dicta la sentencia inquisitorial, para el ego estas ideas son “temerarias”. Le provocan miedo pues no olvidemos que el ego se alimenta de culpabilidad, basada en la creencia de que hemos pecado al habernos separado del estado de amor-unidad divinos. Cuando desaparece la culpa, el ego se termina. No es raro que quienes alentaban los mecanismos culpabilizantes sintieran miedo.  

Los “defectos y flaquezas humanas” son los errores y limitaciones de los que habla el Curso. La experiencia humana es una experiencia limitada que surge de la creencia en la separación de nuestro Creador, por lo tanto, todo lo que experimenta la mente (el alma en la semántica de Miguel de Molinos), durante la experiencia de sentirse dentro de un cuerpo, es limitación. Todos los errores y limitaciones proceden de una manera de ver errónea. Mientras la mente siga percibiendo desde el ego, es lógico equivocarse. No hay que rasgarse las vestiduras. Como nos dice el Curso:

“No te desesperes, pues, por causa de tus limitaciones. Tu función es escapar de ellas, no que no las tengas.” (M-26.4:1-2)

Los errores cometidos en el nivel de la conducta (con lo que hacemos y no hacemos, con lo que hablamos y callamos) son la simple consecuencia del error que se produce en el nivel de la mente. Es el pensamiento de separación el que da lugar a todo tipo de errores. Cualquiera que crea estar en un cuerpo, inserto en este universo de materia-energía bajo las coordenadas del espacio-tiempo, comete un error de fondo del que se desprenden todo tipo de errores en sus múltiples formas. Intentar deshacerse de estos es como intentar acabar con las hojas y flores venenosas de una planta cortando el tallo una y otra vez a ras de suelo. Sólo cuando extraemos la raíz, sus consecuencias desaparecen definitivamente.

A continuación nos describe Miguel, con la agudeza que da la experiencia, los diversos ataques que pone en marcha el ego ante el error. El “enemigo común” (sólo hay un ego para todas las mentes, como sólo hay un Ser) se ha disfrazado de sabio y juez espiritual, se ha vestido con túnica inmaculada y, por nuestro “bien”, nos lleva a mirar una y otra vez el error con el propósito aparente de corregirlo… y el oculto de alimentar la culpa. El ego convierte el error en pecado y exige vivir el dolor consecuente. Sin ese dolor “estás fuera de Dios y en su desgracia…” Pues según la doctrina del ego, a Dios sólo se llega mediante el sacrificio.

El ego “espiritual” selecciona lo que considera errores mientras pasa por alto los aciertos, después amplifica el error y lo distorsiona de tal manera que nos hace vernos estancados o cada vez peor con respecto a los objetivos de amor que anhelamos. Para llegar a merecer el amor de Dios exige sufrimiento y nos trata con crueldad, algo que sólo cuando nos detenemos a pensar podemos ver como incoherente: acceder a los fines del amor con medios crueles… Es el ego quien nos lleva a actitudes materialistas y egoístas para luego acusarnos de lo que hacemos. Su estrategia es convencernos de que no somos dignos de la gracia de Dios:“te hará desconfiar de la divina gracia”. Para el ego la manera de dejar de cometer errores-pecados es mediante una férrea disciplina que opera en los efectos evitando la causa. Y eso aderezado con una buena dosis de culpa y auto-castigo, a través del cual se alcanzan los méritos que tal vez aplaquen la ira de Dios, nuestro Padre vengativo… Veamos lo que dice Jesús sobre esto:

“El pecado no es sino un error expresado en una forma que el ego venera. El ego quiere conservar todos los errores y convertirlos en pecados. Pues en eso se basa su propia estabilidad, la pesada ancla que ha echado sobre el mundo cambiante que él fabricó…” (T-22.III.4:5-7)

Reaccionar ante cualquier error, por muy levemente que sea, significa que no se está escuchando al Espíritu Santo. Él simplemente pasa por alto todos los errores, y si tú les das importancia, es que no lo estás oyendo a Él. Si no lo oyes, es que estás escuchando al ego, y mostrándote tan insensato como el hermano cuyos errores percibes. Esto no puede ser corrección. Y como resultado de ello, no sólo se quedan sus errores sin corregir, sino que renuncias a la posibilidad de poder corregir los tuyos.   (T-9.III.4:1-6)

A continuación Miguel nos exhorta a despertar como a menudo lo hace el Curso, recordándonos que somos benditos, pase lo que pase, en este sueño del mundo. Nos lleva a la vigilancia para no ser engañados por el ego con sus discursos llenos de buenas razones: “¡Oh alma bendita, abre los ojos y no te dejes llevar de los engañosos y dorados silbos de Satanás, que procura tu ruina y cobardía con esas razones falsas y aparentes!” Después aconseja cortar con estos pensamientos ilusorios: “Cercena esos discursos y consideraciones, y cierra la puerta a todos esos vanos pensamientos y diabólicas sugestiones”. Y que soltemos el miedo, recordando nuestra pequeñez como humanos para poder recibir la grandeza de Dios que es la que nos salva: “Depón esos vanos temores y ahuyenta la cobardía, conociendo tu miseria y confiando en la divina misericordia”.

Por último, termina esta sección de manera similar a como lo hace el Curso cuando nos recuerda la magnitud y calidad del amor de Dios, siempre disponible para Sus bien amados hijos: “Y si mañana volvieres a caer, como hoy, vuelve más y más a confiar en aquella suprema y más que infinita bondad, tan pronta a olvidarse de nuestros defectos y a recibirnos en sus brazos como amorosos hijos.” El Curso va todavía más allá y nos recuerda que Dios sólo conoce la perfección de Sus hijos, pues Él conoce la realidad y no las ilusiones. Es Su Mensajero, su Respuesta para liberarnos del sueño de dolor (el Espíritu Santo) quien puede ver lo que nosotros vemos aunque su mirada va siempre más allá de las ilusiones hacia la realidad que no conoce imperfección alguna.

Miguel nos señala cómo salir del entuerto, lo que tenemos que hacer tras haber caído, una vez más, donde no queríamos. Nos dice con esperanza que en lugar de desconfiar de la divina misericordia a causa de la culpabilidad, como hace el ego, confiemos todavía más en la suprema bondad para la cual nuestros defectos, tal como nos indica el Curso, en el fondo no existen. Sólo son producto de nuestra imaginación en este sueño del mundo que parece real pero en el que, como en todos los sueños, nada ha sucedido.

Finalmente recojo un fragmento del capítulo siguiente (Guía Espiritual. Cap. XVIII, 133-134):

“…si te vieres caído una y mil veces, debes usar el remedio que te he dado, que es la amorosa confianza en la divina misericordia… Este es el medio que has de usar para no perder el tiempo, para no inquietarte y para hacer progreso. Este es el tesoro con que has de enriquecer tu alma. Y por aquí finalmente has de llegar al alto monte de la perfección, de la tranquilidad y de la interior paz”.  

Y aunque lo menciona un poco antes, dejo para el final un concepto que considero clave:

“…quiere Dios hacer de los vicios virtudes, sanándonos con aquello mismo que nos había de dañar.

Hacer de los vicios virtudes significa, en el lenguaje del Curso, utilizar nuestras limitaciones, fallos, defectos e imperfecciones, tanto físicos como psíquicos, para darnos cuenta de dónde está y dónde no está el problema que en el fondo nos aqueja. El problema siempre parece estar en el mundo de las formas, en los múltiples inconvenientes de vivir en un mundo limitado e imperfecto, con un cuerpo y personalidad imperfectos. Las soluciones aparentes tienen que ver con solucionar las cosas en este nivel pero en realidad el problema de fondo es siempre el mismo: lo que nos hace sufrir en cualquier situación es el pensamiento que ha dado lugar al mundo que vemos. Un pensamiento que niega el amor-unidad.

En ese sentido es importante usar cualquier limitación humana que experimentemos para trabajar con el problema de fondo, no importa la forma que adopte ni si es grave o nimio. El objetivo es darnos cuenta de que todos nuestros problemas proceden de ese sistema de pensamiento basado en la negación del amor. Esta toma de conciencia nos lleva a encontrarnos rápidamente con la solución de fondo: aceptar el sistema de pensamiento de la unicidad. Mirar con los ojos del amor nuestras limitaciones y las de los demás nos lleva a solucionar la raíz del problema. Y eso se traduce en resultados inmediatos que cambian nuestro estado de conciencia, deshaciendo la culpa y el miedo, mientras se instala la paz y el amor. Es así como el Espíritu Santo (la divina misericordia) va curando nuestra mente.

Los errores que cometemos tienen una procedencia común, derivan del miedo y la culpa que resultan de negar el amor. Es por eso que cada vez que miramos con culpa y miedo los errores que cometemos, los estamos reforzando. Y es por eso también que cada vez que decidimos ver con amor (perdonar) esos mismos errores estamos desactivando el miedo y la culpa que los originaban. Como dice Jesús en el Curso:

“El perdón que se aprende de mí no se vale del miedo para deshacer el miedo. Ni tampoco otorga realidad a lo que es irreal para más tarde destruirlo. Perdonar a través del Espíritu Santo consiste simplemente en mirar más allá del error desde un principio, haciendo que, de esta manera, nunca sea real para ti. No dejes que ninguna creencia que afirme que el error es real se infiltre en tu mente, o creerás también que para poder ser perdonado tienes que deshacer lo que tú mismo has hecho. Lo que no tiene efectos no existe, y para el Espíritu Santo los efectos del error son inexistentes. Mediante la cancelación progresiva y sistemática de los efectos de todos los errores, en todas partes y con respecto a todo, el Espíritu Santo enseña que el ego no existe y lo demuestra.” (T-9.IV.5:1-6)

El ego es sólo un sistema de pensamiento irreal pero que en este mundo irreal, si creemos en él, es capaz de atemorizarnos. En la misma línea que el Curso enseña el místico que no somos nosotros quienes podemos deshacer nuestros defectos y flaquezas sino la misericordia divina quien los deshace mediante nuestra decisión de soltar la visión del miedo y sustituirla por la del amor. Es esa visión, la que por naturaleza nos corresponde, la que sana la mente. Y enseña también la importancia de mirar más allá del error (aunque no con la radicalidad que lo enseña el Curso) cuando dice:

“Debes, pues, siempre que cayeres en algún defecto, sin perder tiempo ni hacer discursos sobre la caída, arrojar el vano temor y cobardía, sin inquietarte ni alterarte, sino conociendo tu defecto con humildad, mirando tu miseria, vuélvete con amorosa confianza al Señor, poniéndote en su presencia y pidiéndole perdón con el corazón y sin ruido de palabras, quédate con sosiego en haciendo esto, sin discurrir si te ha o no perdonado, volviendo a tus ejercicios y recogimiento como si no hubieras caído.” (Guía Espiritual. Cap. XVIII, 129)  

Como explica UCDM, el perdón procede de la verdad mientras que la culpa forma parte de lo ilusorio pues nada ha cambiado la realidad de aquello que Dios creó. Y los hijos de Dios siguen siendo espíritus perfectos, inmaculados y bellos con todo el poder del Amor que los ha engendrado. No importa lo que una parte diminuta de su mente esté soñando en estos mismos momentos. Todo lo imperfecto que percibimos en este universo imperfecto forma parte de esta vida que parece real pero que tan sólo es un sueño.

El perdón es lo único que representa a la verdad en medio de las ilusiones del mundo. El perdón ve su insubstancialidad, y mira más allá de las miles de formas en que pueden presentarse. Ve las mentiras, pero no se deja engañar por ellas. No hace caso de los alaridos auto-acusadores de los pecadores enloquecidos por la culpabilidad. Los mira con ojos serenos, y simplemente les dice: “Hermano mío, lo que crees no es verdad”. (L-pI.134.7.1-5)

Más información en:

www.circuloucdm.wordpress.com