PERCEPCIÓN Y AUTOCONOCIMIENTO         (1ª parte)

PERCEPCIÓN Y AUTOCONOCIMIENTO (1ª parte)

Por: José Luis Gil Monteagudo, médico y psicoterapeuta.

INTRODUCCIÓN

La percepción parece ser un mecanismo pasivo mediante el cual la mente capta la realidad. Sin embargo, se trata de un mecanismo fundamentalmente activo a través del cual la mente recoge, selecciona, organiza e interpreta ciertos datos que, además, son sólo una parte muy limitada de la realidad. La percepción es una interpretación. Todo lo que vemos es elaborado, sin darnos cuenta, por una parte poco conocida y muy poderosa de la mente. Lo que vemos es una fabulosa proyección.

Los expertos en psicobiología nos explican que la luz, el sonido y todas nuestras percepciones sólo existen en nuestra mente. Fuera de la mente no hay luz ni sonido; sólo hay ondas y partículas que generan en nuestros sensores ciertos estímulos que son conducidos hasta el cerebro. El impacto que generan los fotones sobre las células de la retina o las ondas sobre el oído constituye una información a partir de la cual la mente crea los colores y sonidos. Los músicos de una orquesta no hacen música, tan solo generan campos vibratorios de unas determinadas frecuencias e intensidades a partir de las cuales la mente crea la música.

“La realidad sólo es la capacidad de engañarse que tienen nuestros sentidos.”

Albert Einstein

Este mundo que vemos es semejante a una realidad virtual. Es como ir a un cine en el que pudiéramos meternos dentro de la película, un cine con avanzada tecnología que nos hiciera no sólo ver en 3D sino también tener sensaciones auditivas, táctiles y olfativas. Sería una película muy real; casi tanto como lo es un sueño. En las experiencias oníricas tenemos una prueba más del poder creativo de la mente. Aunque no haya nadie a nuestro lado, podemos sentir un intenso placer sexual como si nos estuvieran acariciando, de tal modo que es posible llegar a experimentar un orgasmo. También podemos vivir el agudo dolor de una puñalada. Corporalmente no ha sucedido nada pero la mente nos ha permitido vivirlo como si realmente hubiera ocurrido.

Es así como la mente proyecta sus “películas” no sólo cuando duerme sino también en la vigilia cotidiana. Cuando estoy sentado en la butaca de ese cine futurista parece que todo sucede ahí afuera, en la pantalla. Pero esa realidad virtual, como toda proyección, no está en la pantalla. Tiene su origen en un proyector que siempre está oculto “detrás”, un proyector que no puedo ver si no dirijo la mirada en otra dirección… En el proceso perceptivo, la pantalla y el proyector están en mi mente. Todo lo que percibo es una realidad virtual resultado de una inmensa proyección de mi mente individual basada en el enorme poder de la mente colectiva.   

La percepción no es lo que parece. David Spiegel, profesor de psiquiatría y ciencias del comportamiento de la Universidad de Stanford realizó un interesante experimento en el que mostraba a los sujetos un cuadro con rectángulos de colores durante una sesión de hipnosis consciente. Mientras los voluntarios realizaban la tarea, registró la actividad cerebral mediante Tomografía por Emisión de Positrones (del inglés, PET), una prueba que permite observar la actividad predominante en determinadas áreas cerebrales.

En este caso la PET mostraba, lógicamente, un patrón de activación de las áreas que procesan el color. A continuación les pidió que siguieran mirando el cuadro pero que pensaran que el color iba desapareciendo, imaginando todo el cuadro en blanco y negro.

Entonces se pudo comprobar cómo el flujo sanguíneo disminuía de una manera significativa en el área cortical encargada de la percepción del color, mientras las áreas encargadas de percibir el blanco y negro se activaban. Después se realizó el experimento de manera inversa, pidiendo a los participantes que imaginaran cómo tomaban color unos cuadros blancos, negros y grises, lo que también generó un cambio de la respuesta en el procesamiento de la información, activándose las áreas cerebrales correspondientes.  

La conclusión del experimento es obvia: la corteza visual encargada de procesar no distingue entre una imagen real y una irreal, hasta el punto de que la imaginada fue más importante que la imagen visual real. El cerebro no procesaba el color que tenía delante porque la mente estaba imaginando el cuadro en blanco y negro. A pesar de que los colores seguían ahí ante sus ojos, el cerebro respondía como si estuvieran poco o nada presentes. Las áreas cerebrales procesan la información que la mente le ordena; simplemente. Podemos ver cómo los cien mil millones de neuronas del cerebro siguen la línea marcada por los pensamientos. Es una prueba clara de una situación en la cual la mente impone su decisión al cerebro mismo. El cerebro no puede registrar lo que está ahí porque está siendo interpretado de manera diferente. No puede activar la percepción “real” a partir de las sensaciones que recibe de los ojos.

Es una situación parecida a lo que se produce en una anestesia inducida por hipnosis en la que al cerebro llega una percepción dolorosa que es bloqueada, de manera que no se experimenta conscientemente. El dolor desaparece de la mente y no se sufre. Puedes estar consciente, hablando y riendo mientras te están operando, como es el caso documentado, entre otros muchos, del odontólogo e hipnoterapeuta Dr. Victor Rausch quien el 17 de febrero de 1978 fue operado de la vesícula biliar en la ciudad de Waterloo (Canadá). Lo notable del caso es que la intervención se realizó sin ningún tipo de anestesia mientras Victor conversaba con el equipo de cirugía. El método que utilizó fue hipnotizarse a sí mismo. Cuando el dentista experto en técnicas de hipnosis le dijo a su cirujano que no iba a utilizar anestesia, éste se lo tomó a broma. Pero después se dio cuenta de que la cosa iba muy en serio. Tras entrenarse durante unos meses llegó el momento de la intervención. El anestesista tenía preparada la medicación para inyectarla al instante cuando el paciente se lo pidiera. Todo el equipo de quirófano estaba expectante. No es frecuente ver cómo se le abre el abdomen a alguien sin anestesia. Las intervenciones de vesícula biliar en aquella época duraban más de una hora y la incisión era mucho más amplia que la que se realiza actualmente. Durante toda la intervención Victor estuvo consciente, hablando con quienes le estaban cortando la vesícula biliar para extirparla. Todo fue de maravilla, incluso la hemorragia fue menor de lo habitual, tal como suele suceder con las intervenciones realizadas con técnicas de hipnosis clínica. Dos años después escribió su experiencia en el American Journal of Clinical Hypnosis.

Este humano no es el único que ha experimentado cosas semejantes a lo largo de la historia. Tenemos ejemplos cercanos en España. El 4 de julio de 1972, Erika Lakner dio su consentimiento al Dr. Ángel Escudero para ser operada de varices en las piernas y una trombosis hemorroidal sin el empleo de anestesia química. Desde entonces el médico alicantino ha realizado más de novecientas intervenciones quirúrgicas sin anestesia. Opera de varices y otras patologías a pacientes que aprenden en pocas sesiones su sencilla técnica de Noesiterapia. En un documental de la BBC se pudo ver al Dr. Escudero intervenir sin anestesia a una mujer en estado consciente que había sido entrenada con su técnica, manteniendo la sensación de la boca llena de saliva mientras repetía continuamente la frase “mi pierna está anestesiada…” Cuando la boca está bien lubricada hay un predominio del sistema nervioso parasimpático sobre el sistema de alerta simpático; la relajación predomina de manera que el cuerpo interpreta que todo está en orden, procediendo así a desactivar los receptores del dolor. Todo el proceso de analgesia depende de unas simples y poderosas órdenes que tienen su origen en el nivel de la mente.

Eso nos lleva a recordar que la percepción del dolor, del placer y de todas las cosas en general no consiste en un proceso pasivo sino activo y creativo en base a las experiencias del pasado y las expectativas. Los deseos conscientes e inconscientes la determinan. La percepción es una interpretación. Y toda interpretación supone una decisión, consciente o no, acerca de algo pues para interpretar hay que seleccionar ciertos datos que cobran relevancia y descartar otros que no interesan para la interpretación deseada.

El experimento de los cuadros en color y en blanco y negro nos lleva a plantearnos una pregunta ¿Hasta qué punto nuestra percepción cotidiana es lo objetiva que creemos? ¿No será que nos pasamos los días percibiendo las situaciones y relaciones interpersonales de una manera enormemente subjetiva? ¿No habrá muchas situaciones que son en “color” pero que nosotros vemos bastante oscuras? ¿Y no nos vemos envueltos a veces en situaciones bastante negras que somos capaces de afrontar con una cierta calma, sorprendiéndonos al ver la forma tan positiva en que estamos reaccionando? Vemos lo que queremos veraunque ese proceso sucede de manera no consciente. De nosotros depende la mirada con la que contemplamos e interpretamos todo. Muchas cosas de este mundo son inevitables y no podemos cambiarlas. Pero siempre, siempre, podemos cambiar la manera de mirarlas. Y es esa manera justamente la que nos lleva al ámbito de la paz o al conflicto, al equilibrio o al sufrimiento.

Es posible descubrir momentos en los que pequeñas cosas sin importancia pueden llevarnos al malestar y otros en los que afrontamos con cierto bienestar situaciones a priori complicadas. La percepción de lo que vemos es la clave pues puede llevarnos al bienestar o al sufrimiento. Este es el verdadero poder de la mente. Lo decisivo en cuanto al sufrimiento no es lo que sucede en la vida cotidiana sino lo que hacemos en nuestra psique con lo que sucede. Asumir que la mente es creativa, hasta el punto de anular las órdenes de lo que sucede en el nivel material del cuerpo, equivale a asumir que la mente goza de una libertad, capacidad decisoria y supremacía insospechadas sobre los procesos fisiológicos corporales. Una mente entrenada puede conseguirlo todo.

La liberación del sufrimiento físico o psíquico radica en ese poder de tomar decisiones. La percepción es el resultado de una decisión, consciente o no, pero una decisión al fin y al cabo. Parece obligatorio sentir dolor cuando alguien te está operando de varices o de la vesícula pero no lo es. La biología está preparada para que esa injuria al cuerpo sea interpretada como una alarma grave. Sin embargo, la mente puede decidir creer lo que quiera. El cuerpo está preparado para alarmarse ante la más mínima hemorragia, para elevar el volumen del dolor de tal manera que se desencadene una respuesta intensa hacia la huida, el ataque o el colapso. Ese mecanismo instalado en el animal que somos, coordinado por nuestro cerebro reptiliano, puede ser modulado o incluso anulado por una decisión de la mente que le ordena al cerebro lo que tiene que percibir: nada de dolor, por ejemplo, nada en absoluto…

La mente puede ver con ojos de sabiduría y amor una situación en la que uno parecía ser atacado. Y al comprenderla de otra manera, podrá reaccionar de una forma más inteligente, más calmada y con una respuesta más adecuada para todos. Tal vez una bestia salvaje quiera devorarme pero la reacción de alerta que mi biología ha diseñado para la supervivencia deberá ser modulada para generar la respuesta más inteligente. Puede pensarse que eso no es libertad que todo es fruto de un condicionamiento automático, pero siempre elegimos. Siempre es posible dejarse llevar por el dolor, por el nerviosismo, la furia y el miedo o elegir una cierta calma para reaccionar de una manera más equilibrada. Parece imposible pero no lo es. La percepción es fruto de una decisión de la que no somos conscientes. Siempre que sufrimos es posible percibir las cosas de otra manera; es posible decidir de nuevo. Lo demás es puro entrenamiento.

La percepción es un tema fundamental si queremos dejar de sufrir ante los problemas leves, medianos o graves que vemos todos los días. Nuestras reacciones dependen totalmente de lo que percibimos. Lo que pensamos y sentimos ante cualquier cosa depende de la manera de verlo. Por ese motivo desde la antigüedad se ha puesto gran énfasis a nivel espiritual en cultivar una visión profunda para ir más allá de las apariencias y llegar a ver las cosas de una manera en la que el sufrimiento desaparece. Por el mismo motivo cada vez son más las corrientes psicológicas de vanguardia que ponen el acento en el cambio de percepción como piedra angular para sanar la mente.

A nivel psíquico, una de las cosas que más nos duelen es la sensación de sentirnos atacados, de alguna manera y en alguna medida, por los demás o por la vida misma con sus acontecimientos. Cuando percibo una agresión por parte de alguien, tengo la posibilidad de reaccionar de muchas formas pero todas ellas se resumen en dos: puedo devolver el ataque o puedo no hacerlo. En apariencia son dos reacciones muy diferentes pero en realidad forman parte de lo mismo. Ambas proceden de una misma percepción en la que yo soy el objeto del ataque y alguien es el sujeto que lo provoca. Yo soy la víctima y es alguien ajeno a mi “yo” quien me agrede. La causa de mi sufrimiento no está en mí, sino afuera. Desde ahí me están poniendo las cosas difíciles. No parece ser mía la responsabilidad de lo que estoy sintiendo. Si dejara de ser atacado podría ser feliz. Por lo tanto, sólo tengo que protegerme cambiando lo que sucede en el exterior de alguna manera.

Si devuelvo el ataque creyendo que al hacerlo me sentiré mejor, tal vez sienta un alivio pasajero al descargar mi agresividad. Lo que no suelo detectar es que mi estado interno empeora a continuación pues al atacar refuerzo la creencia de que he sido atacado. Mi ataque confirma mi percepción inicial de vulnerabilidad. Al atacar me sumerjo en el mundo del conflicto. La otra opción es controlar mi agresividad para no complicar las cosas aunque aún pueda sentir rabia por dentro. Con esta actitud sigo alimentando la misma percepción. Incluso puedo llegar a creer que no me afecta el ataque y que no siento necesidad de defenderme ni de atacar… porque, en el fondo, me creo mejor persona que quien me agrede. Pero por dentro me sigo sintiendo agredido. Cuando no devuelvo el golpe parece que estoy dando una respuesta más adecuada y tal vez lo sea, pues a menudo el contraataque complica la situación. Pero el responder o no responder sigue estando en el mismo plano pues mientras me sienta agredido, habré perdido la paz. Continuaré teniendo la sensación de haber sido injustamente tratado.

Da lo mismo devolver el ataque que no devolverlo pues la clave para salir del sufrimiento no está, como parece, en la forma de la respuesta que doy. Puedo callarme o hablar, luchar o bajar la cabeza, incluso puedo hacer que no me entero, pero mientras me sienta agredido habré perdido la paz. Las llaves que abren las puertas de mi liberación no están en lo que haga por fuera sino por dentro. La clave para salir del sufrimiento está en cambiar la percepción que es el único origen de mi malestar. Lo que vivo y siento está alimentando por el tipo de visión. Y la visión que tengo depende siempre de una decisión. Una decisión que suele ser inconsciente y en la que elijo interpretar lo que está pasando de una manera que me hace sufrir. En cualquier caso, siempre puedo elegir una percepción diferente en la que todo es contemplado con los ojos del amor y la claridad que éste trae consigo.   

Cuando comprendo que quien ataca está sufriendo y que sólo desde el miedo es posible atacar, puedo tomar perspectiva sobre lo sucedido y dejarlo pasar. Se trata de una manera en la que alimento la confianza de que ante todo problema el camino de la solución ya está trazado. Me dejo guiar por la sabiduría y el amor que hay en mí. Puedo comprender lo absurdo que sería enfurecerme, por ejemplo, al ser insultado por un loco que me ha tomado por un invasor alienígena. Puedo alterarme pero no es necesario. El motivo de su ataque es evidente, se trata de un estado de locura y no tiene nada que ver conmigo. Su mente necesita cordura y aquietamiento. No necesita más miedo, algo que con mi ataque podría incrementarle, reforzando su percepción equivocada… y la mía. Mi manera de reaccionar no es lo que me va a dar la paz que he perdido. Lo único que puede hacerme salir de ahí es un cambio de percepción. Si me acerco a mi centro puedo verlo todo desde otra perspectiva. Y cuando lo veo de otra manera dejo de sufrir sin esfuerzo, naturalmente.

La mente decide ver las cosas como las ve, aunque no lo parece. Elegimos sufrir o estar en paz a cada instante. Con los aciertos o los errores de los demás, la mente construye sus heridas. Parece que nuestro estado interno depende de las reacciones del cuerpo, de los acontecimientos o los movimientos que hacen otras personas. La causa de nuestro estado de ánimo parece depender del exterior. Pero en el fondo no depende de lo que sucede ahí afuera sino de cómo decidimos interpretarlo. La botella puede parecer medio llena o medio vacía pero ofrecerá la misma cantidad de bebida. Medio vacía es una percepción que procede y alimenta la escasez y el miedo a no tener. Pero cuando se ve medio llena, la mente está viviendo ya la abundancia. No necesita que se llene más. La visión misma ha llenado a la mente que ha decidido verla de este modo. Y así es cómo se llenan sin esfuerzo todas las botellas medio llenas que al principio parecía que les faltaba algo.

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