Publicado el Deja un comentario

PERCEPCIÓN Y AUTOCONOCIMIENTO: BASES TEÓRICAS

(2ªparte)

Por: José Luis Gil Monteagudo, médico y psicoterapeuta.

LA GRAN PEQUEÑA MARÍA

A lo largo de los treinta y cinco años que llevo trabajando como médico y terapeuta, he sido testigo de cambios en mi propia percepción y en la de muchas personas. Esos profundos cambios han sido fruto de un trabajo interior. Un trabajo que requiere un cambio de actitudes y una serie de decisiones en cuanto a la manera de percibir situaciones conflictivas y dolorosas. He sido testigo de muchos episodios que me han impactado pero, entre todos ellos, me gustaría compartir uno que fue, quizás, el más espontáneo y natural, el que menos trabajo le costó a su protagonista. Lo comparto aquí por el simbolismo que contiene con respecto al tema que nos ocupa.

Sucedió hace años, trabajando como pediatra en la Seguridad Social. La protagonista fue una niña de unos 12 meses de edad llamada María, una de esas criaturas que regalan sonrisas y miradas amorosas a todo el mundo. Esa tarde la sala de espera estaba repleta de pacientes esperando su turno. Cuando los padres entraron en la consulta llevando en sus brazos al bebé, me explicaron agitados lo que acababa de suceder mientras esperaban. Un niño de unos tres o cuatro años con cara de “malo” se había acercado a María y de repente le había dado una bofetada. La niña se quedó mirándole desconcertada, después miró a sus papás y de nuevo al niño… y continuó sonriendo con naturalidad. En su rostro no se asomó el sufrimiento; tan solo la sorpresa. Los padres estaban impactados por el susto pero también por el hecho de que la niña no había llorado ni se lo había pasado mal. Se quedaron sorprendidos por la reacción de su hija. Mientras me lo contaban yo trataba de meterme en la mente de la niña y me preguntaba ¿Qué tipo de percepción pudo tener esa criatura sobre lo que le había sucedido, como para no sufrir la agresión del niño?

¿O tal vez la había sufrido? Si María hubiera sentido miedo y se lo hubiera negado a sí misma, reprimiendo su emoción, este suceso se habría quedado enquistado en su mente inconsciente. Pero era demasiado pequeña como para reprimir de este modo la expresión dolorosa. Para los padres estaba muy claro, su hija no sufrió en ningún momento. Podríamos decir que simplemente recibió en su mejilla el impacto de una parte del cuerpo llamado “mano”, con “x” gramos de peso, procedente de un pequeño ser humano. Nada más. La actitud del niño que un adulto habría calificado de maldad, para ella, desde su percepción inocente, no lo fue. Sólo fue algo que le provocó una sensación nueva, una sensación que no llegó a ser lo suficientemente intensa como para generarle dolor. Y nada más. Cualquier adulto o un niño mayor que hubiera recibido una bofetada, incluso menos intensa, se habría sentido enormemente agredido y enfadado al ser capaz de interpretar los códigos sociales del ataque.

Conociendo a la niña, siempre radiante y amorosa, no me extrañó. Dada su corta edad aún no conocía la experiencia de sentirse agredida de esa manera y decidió, sin darse cuenta, retrasarla un tiempo más. María eligió no sentirse atacada y lo hizo desde una parte de su mente en la que luego entraremos. Inconscientemente decidió que aún no quería sentirse atacada. Prefirió sentirse a salvo en los brazos de sus padres y, por lo tanto, ni sufrió ni lloró. Actuó como un símbolo del Niño Divino que todos llevamos dentro. Un Niño que, pase lo que pase, mantiene abiertas las puertas del corazón. Devolvió una sonrisa a quien le quiso atacar. ¿Fue atacada María? Para quienes presenciaron la escena sí, pero para ella el ataque no existió. Bendita ignorancia de lo que merece ser ignorado. Ignorado fue el ataque y, al mismo tiempo, resultó bendecido el niño “malo” por la valiente sonrisa de la pequeña. Tal como los padres lo relataron, no fue una sonrisa de sumisión alimentada por el miedo. Afortunadamente, en ese momento, nadie cometió el error de enseñarle a construir en su mente un ataque con lo sucedido. La actitud de la niña ayudó a sus sabios padres a pasar por alto la agresión, mientras la madre del niño que cometió el error se disculpaba.  

Yo ya conocía al niño que le acababa de pegar y lo había visto en mi consulta agredir también a su hermanita pequeña. Era tremendo el gesto de maldad que expresaba, haciendo honor a la llamada “crueldad” de los niños que es la misma que tenemos los adultos pero sin las máscaras que con el tiempo vamos construyendo. Al niño se le comían los celos hacia su hermana recién nacida, con lo que había desarrollado una fuerte tendencia agresiva. Evidentemente estaba necesitado de amor y guía. A los ojos del mundo, el pequeño de cuyo nombre tal vez no quise acordarme, estaba desarrollando rasgos psicopáticos, siguiendo una fatal cadena de errores. Pero, cosas de la vida, esa tarde el crío se había encontrado en la sala de espera con alguien diferente. Alguien que no había protestado ante su “maldad”. Tal vez ese encuentro dejó en el inconsciente del pequeño una huella de luz y perdón para siempre, un punto de referencia en su camino. ¿Qué experimentó la mente del niño cuando no recibió la respuesta habitual a sus ataques? Es posible suponerlo. Tal vez quedara desarmado. María no creyó en el miedo y le mostró otra manera de ver en la que no hay defensa. Su sorpresa debió ser colosal.   

La “gran Pequeña María” se convirtió en aquel momento para mí en un símbolo viviente de los impresionantes efectos del no-juzgar, del no acusar que yo por aquel entonces estaba explorando. De alguna manera percibió la bofetada como algo sin intención. ¡Cuánta sabiduría! Pues, al fin y al cabo, una intención negativa es siempre una falta de amorosa intención. Como la oscuridad es la simple ausencia de luz. O el error una falta de acierto. Ella hizo algo que yo estaba trabajando en la práctica con mi propia mente, encontrándome con mucha resistencia para conseguirlo: ver en todo ataque una petición de amor. Ver más allá de las apariencias, no tanto para hacerle un favor al agresor sino para liberarme yo mismo del malestar mientras le ayudo. María eligió vivir su primera experiencia de ser físicamente atacada por otro humano como algo desprovisto de sufrimiento. Una parte de su mente tomó la decisión: eligió no sufrir. Ya tendría tiempo de hacerlo en el futuro, como todos… tal vez para desaprenderlo después como algunos ahora estamos haciendo.  

Esta respuesta nos recuerda la naturaleza del poder del Niño Divino, símbolo del Ser que esencialmente somos, y la invulnerabilidad de la que procede. El Niño extrae su fuerza de la indefensión, la cual surge de la fortaleza del amor, de la aceptación total de la unidad. Una parte de María quiso ver al niño como alguien semejante y no como un extraño y por eso, no se asustó. El amor nunca ataca ni se defiende porque no conoce el miedo, no hay nada ni nadie ajeno a uno mismo. Cuando esa percepción prevalece en la mente, el resultado es la paz. Esa fue la percepción que triunfó en la mente de la pequeña y esa es la que puede prevalecer en todas las mentes. Hay que ser inocentes como niños pequeños para entrar en ese estado de conciencia que se puede llamar “el Reino de los Cielos”, tal como lo llamaba Jesús el Cristo. A veces las bofetadas de la vida son inevitables pero, como revelaba el Buda, el sufrimiento siempre es opcional.

La herida psíquica no es un proceso pasivo sino activo. Un mismo hecho se puede dejar atrás en un minuto o se puede arrastrar durante años. La mente construye la herida con hechos que pueden ser aciertos o errores de los demás. La construcción de la herida no depende de la intención de quien ataca sino de la intención inconsciente de quien percibe el hecho. Si decides no sentirte atacado, por mucho que la intención del otro haya sido atacar, la herida no existirá. Pueden destruir tu cuerpo o tu persona pero lo que tú eres de verdad, en esencia, no puede ser atacado ni con cuerpos ni con personas. No hay nada que lo pueda dañar pues vive en una dimensión más allá del espacio-tiempo. Todo trauma es la interpretación de un suceso del pasado que se desea mantener vigente en el presente. Es algo que se percibe aunque ya no está aquí. Los traumas psíquicos leves o graves no contienen sucesos sino elaboraciones que se hacen con lo sucedido. La creación de una herida y su mantenimiento en el “ahora” dependen de la percepción que las alimenta. Desgraciadamente, mantener la percepción de una herida tiene ciertos beneficios inconscientes para la parte de la mente que los desea.

¿Y qué ocurre cuando alguien decide sentirse atacado aunque no haya sido esa la intención de quien pareció ser un agresor? La herida aparecerá, por supuesto. Pero cuando alguien decide no sentirse agredido, a pesar de haber sido esa la intención del agresor, la herida no existirá porque nunca nació. La mente tiene todo el poder de decidir lo que quiere ver y sentir, algo que hace sin darse cuenta en una fracción de segundo. Y no tiene necesariamente que ver con la intención de quien hizo o dejó de hacer algo que podría considerarse un ataque.

PERCEPCIÓN Y CONOCIMIENTO

Para resumir lo que hemos visto hasta aquí podemos decir que todos los humanos funcionamos en la vida cotidiana como si percibiéramos la realidad tal cual es. Desde ahí defendemos nuestras opiniones y creencias acerca de cómo son las personas y las cosas. Nuestro sistema de creencias está íntimamente ligado con lo que percibimos. Y lo que percibimos se genera y retroalimenta a partir de nuestro sistema de creencias. Creemos que lo que vemos es real. Percibir parece ser un proceso pasivo mediante el cual captamos la realidad. Pero es justo lo contrario: percibir es un proceso activo mediante el cual la mente construye algo a partir de fragmentos de lo real. La mente humana recoge una pequeñísima parte de la realidad y con ese material elabora algo que toma como la realidad misma. Pero lo que se percibe no está ahí; sólo existe en la mente que lo ve. Es una representación subjetiva. Percibir es interpretar.  

A nivel físico sabemos que la realidad es infinitamente más amplia de lo que captan nuestros sentidos. Y a nivel psíquico es evidente que la mente humana percibe de manera restringida y distorsionada. Cada uno ve las cosas a su manera. Y eso se demuestra con las diferentes interpretaciones que se suelen hacer acerca de un mismo suceso. Aplicado a las relaciones interpersonales, esto nos trae muchísimos problemas pues siempre reaccionamos en consonancia con lo que percibimos.

El sufrimiento procede de una visión o interpretación errónea que conlleva pensamientos y sentimientos negativos, de los cuales surgen las correspondientes reacciones emocionales. Y con ellas vienen las palabras o silencios y lo que hacemos o dejamos de hacer. La respuesta que damos en cada situación de la vida está condicionada por nuestra percepción. Controlar a la fuerza nuestras reacciones sólo produce efectos parciales y transitorios. La percepción es la causa. Cambiando la percepción cambiamos de raíz nuestras reacciones internas y externas, de modo natural. Por ese motivo, para solucionar un problema se requiere un cambio de visión, una interpretación diferente que no provoque ninguna forma de dolor o miedo. Desde esa nueva visión vamos dejando de percibir el problema mientras la solución comienza a revelarse.

Al ser la percepción una interpretación de la realidad, se ha llamado conocimiento al acceso directo a la realidad misma. Percibir es no conocer. ¿Puede entonces la percepción ayudarnos al autoconocimiento? La percepción, en principio, nos lleva al desconocimiento de la realidad y de nosotros mismos, no al autoconocimiento. Pero siendo la percepción una interpretación, también es cierto que observando lo que se percibe es posible llegar a conocerse a uno mismo. Si aprendo a observar mi proceso perceptivo llegaré a conocer la lente con la que deformo la realidad. Además, aunque la percepción es una interpretación, hay dos grandes formas de interpretar: hay una percepción errónea que nos aleja de la realidad y una percepción verdadera que nos conduce al conocimiento.  

Y hablando de autoconocimiento me pregunto ¿Qué soy? Tal vez si averiguo lo que soy, me acercaré a la realidad. De entrada lo que veo y siento es un cuerpo. Eso sí que lo puedo percibir con claridad. También siento algunas extrañas sensaciones e intuiciones de que soy algo más que eso. Pero, ciertamente, lo que percibo de mí mismo a través de los sentidos del cuerpo, es… sólo un cuerpo. No sé bien lo que soy pero puedo observar lo que sucede en mi mente. A través de mi diálogo interno puedo darme cuenta de que la mente es de naturaleza dual. Una parte de ella está totalmente condicionada por las funciones biológicas de la materia y tiene que atender muchas demandas que conllevan algún tipo de lucha por la supervivencia: cobijo, comida, trabajo, sexualidad, cuidado de los hijos… Siempre actúa de una manera predecible. La otra parte de la mente es más sutil, profunda y cabal. No opera necesariamente desde los parámetros de supervivencia físicos; es capaz de hacerlo paradójicamente. Por ejemplo, puede llevarme a decidir no comer, teniendo hambre, para darle el alimento a quien más lo necesita. O puede llevarme a dar la vida para proteger la de mis hijos o la de un amigo. Esa mente sabia es capaz de regular armónicamente el funcionamiento de lo que podemos llamar “mente animal-vegetal-mineral” ligada a la lucha por la supervivencia. Gracias a ella evoluciono y aprendo a ser más feliz cada día. Se rige por las leyes del amor, de la unidad. Esa es la ley subyacente a toda la fragmentación de seres individuales que puedo percibir en el universo.

Observar esos dos aspectos de mi mente tiene la ventaja de que puedo comprender mejor cuándo actúo inspirado por una u otra percepción. Desde una de ellas protejo mi comida, que es mía y sólo mía… y protejo mi vida que, pase lo que pase, no quiero perderla. Desde la otra puedo llegar a ofrecer la comida y mi propia vida con amor si así lo decido libremente.